La violencia contra las mujeres en política: anunciada, viral e impune
Source: EJU
La primera señal es sembrar la duda. “¿Y qué sabe?” “Dice que es la amante del”. Después alguien responde. Otro comparte. Más tarde aparece una imagen, recortada, manipulada, una frase fuera de contexto. Se llama deepfake. Y luego los memes. Los montajes. Después las cuentas que repiten lo mismo, pero con palabras distintas. La maquinaria se pone en funcionamiento. Se crean narrativas, sentimientos. Se construye la idea de una persona. Sin importar que no tenga nada que ver con quien realmente es.
Deja de ser una conversación, se vuelve un cerco con el infaltable ingrediente: mucho odio. Deriva en acoso. En hostigamiento. Se trata de un ejercicio coordinado con un objetivo claro: el desprestigio y la anulación de una de persona.
Un amigo hace años me dijo «el Facebook es como ir a la plaza y sentarte en un banco». Que bonita comparación, hoy casi romántica. Y útil para dibujarnos una idea de lo que significan las redes sociales en nuestras vidas: tus cuentas terminan siendo tu “banco en la plaza”. Tu lugar en la vida social. ¿Se imaginan que alguien pase por ese banco y te insulte en la plaza pública, sin conocerte, tan solo porque pasa por allí? ¿O porque no le gusta como vistes? ¿O porque cree que deberías ser lo que no eres? Sería inmediatamente tratado como un problema social, como un lunático. Pues a tu banco virtual pueden entrar acosadores de cualquier calaña y no habrá nadie ni nada que lo evite y tampoco ninguna institución o instrumento que te defienda. Y cuando lo denuncias te piden «que no te has la víctima». Una respuesta tan denigrante como cuando a una víctima de violación la señalan por su vestimenta.
La primera señal es sembrar la duda. “¿Y qué sabe?” “Dice que es la amante del”. Después alguien responde. Otro comparte. Más tarde aparece una imagen, recortada, manipulada, una frase fuera de contexto. Se llama deepfake. Y luego los memes. Los montajes. Después las cuentas que repiten lo mismo, pero con palabras distintas. La maquinaria se pone en funcionamiento. Se crean narrativas, sentimientos. Se construye la idea de una persona. Sin importar que no tenga nada que ver con quien realmente es.
Deja de ser una conversación, se vuelve un cerco con el infaltable ingrediente: mucho odio. Deriva en acoso. En hostigamiento. Se trata de un ejercicio coordinado con un objetivo claro: el desprestigio y la anulación de una de persona.
Un amigo hace años me dijo «el Facebook es como ir a la plaza y sentarte en un banco». Que bonita comparación, hoy casi romántica. Y útil para dibujarnos una idea de lo que significan las redes sociales en nuestras vidas: tus cuentas terminan siendo tu “banco en la plaza”. Tu lugar en la vida social. ¿Se imaginan que alguien pase por ese banco y te insulte en la plaza pública, sin conocerte, tan solo porque pasa por allí? ¿O porque no le gusta como vistes? ¿O porque cree que deberías ser lo que no eres? Sería inmediatamente tratado como un problema social, como un lunático. Pues a tu banco virtual pueden entrar acosadores de cualquier calaña y no habrá nadie ni nada que lo evite y tampoco ninguna institución o instrumento que te defienda. Y cuando lo denuncias te piden «que no te has la víctima». Una respuesta tan denigrante como cuando a una víctima de violación la señalan por su vestimenta.