¿Por qué a las mujeres en política se les llama por el nombre?
Source: Kienyke
En política, el nombre no solo identifica. También puede acercar, jerarquizar o restar investidura. Distintos estudios internacionales y la lectura de una experta en comunicación política coinciden en que muchas mujeres siguen siendo nombradas desde registros más personales, mientras los hombres conservan con más frecuencia fórmulas asociadas al apellido, el cargo o la autoridad pública.
Cuando nombrar también ordena el poder
Para Silvia Juliana Parra Cañas, docente de cátedra de la Universidad del Rosario en la maestría en comunicación política digital, el punto de partida es claro: “En comunicación política, el modo de nombrar a una figura pública no es un detalle estilístico: es una forma de distribuir poder simbólico. El lenguaje no solo describe la política, también la organiza jerárquicamente”.
Ese patrón ha sido medido en otros ámbitos profesionales. Un estudio de la Universidad de Cornell, basado en ocho experimentos, encontró que las personas tendían a referirse con más frecuencia a hombres profesionales solo por el apellido que a mujeres en condiciones equivalentes. Además, quienes eran nombrados de esa manera eran percibidos como más reconocidos, más importantes y más merecedores de prestigio en su campo.
La clave, en ese caso, no estaba solo en la costumbre lingüística, sino en el efecto que producía. El apellido aparecía como una señal de autoridad y reconocimiento. En política, donde el lenguaje está directamente ligado a la construcción de imagen pública, ese matiz adquiere todavía más peso.
Parra Cañas lo explica así: “Nombrar desde el nombre propio suele producir un efecto de cercanía, pero también puede implicar una forma de desinstitucionalización del liderazgo. En el contexto colombiano, el apellido ha funcionado históricamente como un marcador de autoridad, tradición y pertenencia a élites políticas”.
En política, el nombre no solo identifica. También puede acercar, jerarquizar o restar investidura. Distintos estudios internacionales y la lectura de una experta en comunicación política coinciden en que muchas mujeres siguen siendo nombradas desde registros más personales, mientras los hombres conservan con más frecuencia fórmulas asociadas al apellido, el cargo o la autoridad pública.
Cuando nombrar también ordena el poder
Para Silvia Juliana Parra Cañas, docente de cátedra de la Universidad del Rosario en la maestría en comunicación política digital, el punto de partida es claro: “En comunicación política, el modo de nombrar a una figura pública no es un detalle estilístico: es una forma de distribuir poder simbólico. El lenguaje no solo describe la política, también la organiza jerárquicamente”.
Ese patrón ha sido medido en otros ámbitos profesionales. Un estudio de la Universidad de Cornell, basado en ocho experimentos, encontró que las personas tendían a referirse con más frecuencia a hombres profesionales solo por el apellido que a mujeres en condiciones equivalentes. Además, quienes eran nombrados de esa manera eran percibidos como más reconocidos, más importantes y más merecedores de prestigio en su campo.
La clave, en ese caso, no estaba solo en la costumbre lingüística, sino en el efecto que producía. El apellido aparecía como una señal de autoridad y reconocimiento. En política, donde el lenguaje está directamente ligado a la construcción de imagen pública, ese matiz adquiere todavía más peso.
Parra Cañas lo explica así: “Nombrar desde el nombre propio suele producir un efecto de cercanía, pero también puede implicar una forma de desinstitucionalización del liderazgo. En el contexto colombiano, el apellido ha funcionado históricamente como un marcador de autoridad, tradición y pertenencia a élites políticas”.